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La aventura en un mundo vibrante

Al momento de poner el primer pie en cualquier parte del continente africano, empieza una aventura entre unos horizontes extravagantes y animales salvajes que generan una atmósfera que brilla con los fuegos de los más bellos atardeceres. Es una ronda de misterios y emociones que hacen soñar; un paseo entre un mundo de contrastes y fuertes exaltaciones que van más allá de lo habitual l. Es la región de los encuentros con la gente y los misterios del “Bush”, esas largas extensiones de tierra donde el horizonte vibra, donde se asoman las acacias y algunos baobabs; donde los temibles leones rugen, los elefantes atacan y las jirafas dominan el escenario. Continente de regiones insólitas, ciudades misteriosas y originales, pueblos encantadores, cataratas que rugen, desiertos alucinantes y reservas fascinantes. 

 
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África superó mis sueños, Sudáfrica me brindó lo inesperado, lo sorprendente, la belleza de sus caminos y la elegancia de su emoción. Victoria Falls me impactó con su perfección. Botsuana me hizo sentir el aliento de las bestias. En Namibia admiré los desiertos ocres que brillan bajo el sol.

Así les comparto esas grandes emociones, al compás de mis experiencias, como una película llena de suspenso.

 

 

Victoria Falls

Un espectáculo grandioso entre Zambia y Zimbabue

Nunca podré olvidar la llegada en avión a esa planicie árida de donde surge un insólito vapor, como brotando de las cavernas del diablo, invadiendo el cielo para conquistarlo y sin potencia para alcanzar el sol.

En este lugar el río Zambezi trae una gran cantidad de agua desde Angola donde las lluvias alimentan su manantial y cae en esa gran fisura de 1.7 km de largo con tan solo 200 a 300 m de ancho y con una profundidad de 90 a 107 m. El ruido era impresionante y el agua se precipitaba con tanta fuerza que rebotaba sobre la pared de ese impresionante cañón, creando ese vapor que subía, inventando una lluvia al revés, que venía de abajo hacia arriba, para regar todo el entorno. Un insólito mundo se ha inventado gracias a una falla en esa meseta.

Un promedio de 550 000 metros cúbicos de agua se vierten dentro de esa enorme garganta cada minuto, mientras que en la temporada de crecimiento del río, entre marzo y mayo, hasta 5 millones de metros cúbicos por minuto pasan por la catarata, creando un extravagante mundo de vapor. Es imposible acercarse al borde del acantilado sin quedar completamente empapado. Esa enorme fisura que forma las cataratas es el principio del cañón que camina en zigzag por las lomas, cortándolas y en donde corre con rabia el río Zambezi, formando unos sorprendentes y fuertes rápidos que rugen en el fondo de esa profunda garganta. Es un extraño paisaje, un insólito esfuerzo de la naturaleza para convertir esa falla natural dentro de la roca basáltica en una de las maravillas del mundo.

 


El escocés David Livingstone, motivado por su fe y su deseo de acabar con el tráfico de esclavos, exploró el desierto del Kalahari y el Zambezi superior entre 1842 y 1856. En 1855 se convirtió en el primer hombre blanco en contemplar las cataratas que bautizó en honor a la reina Victoria y volvió a Inglaterra. Regresó varias veces a África, acompañado por misionarios y en su tercero y último viaje, en 1866, se aventuró más al norte en busca del manantial del Nilo.

En 1869, su temperamento terco y violento provocó que sus ayudantes lo abandonaran, y desapareció 2 años. El periodista Henry Stanley no lo creyó muerto y partió en su búsqueda hasta que un día de 1871, en la orilla del lago Tanganyika, lo encontró, inmortalizando estas palabras “Dr. Livingstone, I presume”. Enfermo y desfalleciente, no quiso regresar a Inglaterra. David Livingstone había recorrido solo esas regiones desconocidas, descubriendo ríos, lagos y tribus en su eterna búsqueda para encontrar el manantial del Nilo. Murió el 1ro de mayo del 1873 en el pueblo de Chitambo, al sur este del lago Bangweulu en Zambia.

 


Un arco iris decoraba el escenario, creado por el vapor que surgía de la falla. Admiraba esa magnífica obra de la naturaleza, extraña y espeluznante, hasta llegar al puente que cruza el cañón, frontera entre Zambia y Zimbabwe, desde el cual me aventé en Bungee-jumping, uno de los más impresionantes del mundo.

Llegando del lado de Zambia, recorrí la orilla del gran río en la parte oriental de las cataratas y me paseé con ropa para lluvia por un puente que alcanza un peñón al borde de la garganta, una lluvia constante subía desde el fondo del cañón y me empapaba. Pero vale la pena porque la sensación de estar suspendido al borde de las Victoria Falls es inolvidable.
Las cataratas son un mundo absorbente y para descansar de su tumulto, el pueblo de Victoria Falls del lado de Zimbabwe o el Knife Edge Point en Zambia ofrecen unos fascinantes mercados de artesanías que exponen unas hermosas tallas de madera o piedra, huevos de avestruz pintados, dientes de hipopótamo labrado, cuernos de impala, canastas o telas de papiro. Es el mejor mercado de África Austral, punto de encuentro de artistas de varias zonas de la región.

Al lado de las cataratas existen unos lugares excepcionales que permiten gozar del entorno. El Victoria Falls safari Lodge, en Zimbabwe, erguido sobre una loma, ofrece una espectacular vista sobre la sabana donde los elefantes y búfalos se acercan al ojo de agua, los kudues e impalas caminan siempre alertos, los facóqueros se arrodillan para beber y unas cigüeñas marabú se reflejan en la paz del laguito. 

Los rápidos del Zambezí son unos de los más fuertes y alocados del mundo, asegurando intensas emociones, y sin embargo, son de los más seguros primero porque el río es profundo y segundo por la ausencia de piedras en medio de la corriente. La mayoría de los rápidos son de clase 4 o 5, lo que promete una mezcla de miedo y excitación llena de descarga de adrenalina, enfrentando la fuerza del majestuoso río bajo el sol implacable de África.

Descubrí la mejor vista de las cataratas desde el aire, sobrevolándolas en helicóptero: las aguas plácidas brillaban con el sol, una raya de vapor surgía de la garganta y el río seguía su curso en el cañón que zigzaguea hacia su destino. Desde el aire, parecía una serpiente con la cabeza plana y ancha, un collar de vapor y el cuerpo escarbado en la roca. Fue un espectáculo único, inigualable.

 

 

Botsuana

Sintiendo el aliento de los animales

En pleno invierno austral fue cuando crucé el río Zambezi desde Zambia para llegar a Kasane a la orilla del Río Chobe. El atardecer pintaba el hori- zonte sobre las aguas tranquilas en donde se dejaban flotar los hipopótamos que esperaban la noche fresca para salir a comer. La madrugada era siempre helada y cada día traía nuevas aventuras.
EnChobe National Parkvimos ungrupo de leonas con sus crías recibiendo los primeros rayos del sol, los hipopótamos se peleaban en el agua, las jirafas, los facóqueros y los impalas comían, los babuinos corrían y de pronto, una manada de elefantes cruzó el río, venían desde Namibia, eran más de 80 nadando juntos, sacando sus trompas para respirar. Mientras navegaba por el río Chobe, los elefantes nadaban de una isla a otra para encontrar hierba nueva, sin perturbar a los hipopótamos o los cocodrilos.

En Elephant Valley, fui a caminar con Rex; nos acercamos a unos babuinos e impalas; después 2 elefantes nos acorralaron. Nadie se movía, cada quién observaba al otro, Rex había puesto una bala en su rifle. El más grande empezó a correr hacia nosotros, berreando. Era un animal inmenso. Nos quedamos inmóviles, sin respirar. Se paró, abrió las orejas, levantó la trompa, observó y se fue por otro lado.

 


Al siguiente día me subí a una avioneta para llegar Lebala, al sur del rio Kwando, en el aire pude apreciar la belleza de Botsuana. Cuando llegamos los elefantes comían al lado de la pista. En este lugar solamente se existe el lujoso campamento y los animales. Jonah era mi compañero y Sylver el Tracker o buscador de pistas, sentado en el asiento frontal del coche. El atardecer era esplendoroso, la noche caía trayendo el frío, una jineta subía a un árbol, unas ratas canguro buscaban raíces para comer.

Dentro de la noche negra, nos avisaron que cerca se encontraban 3 leones y pudimos a admirar esos impresionantes machos. La madrugada era helada en Lebala y el termómetro marcaba 4°C cuando salíamos en busca de aventuras. La primera se presentó cuando localizaron cuatro guepardos, admiramos a la madre guepardo junto con sus tres hijos, cazando un facóquero, escondiéndose dentro del alto pasto seco antes de atacarlo. Siguiendo los pasos de una hiena encontramos un hipopótamo muerto y tres chacales con dos hienas se estaban repartiendo el botín, acompañado por los buitres. A unos 500 metros, tres imponentes leones machos tomaban el sol mientras las cebras, flus e impalas pastoreaban.

Repentinamente, como si toda la sabana estu- viera en movimiento, cerca de 1000 elefantes pasaron por el llano, dirigiéndose hacia el río, levantando un inmenso polvo.

 

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La noche cayó y los leones empezaron a caminar entre la oscuridad. Los seguimos para descubrir que se dirigían hacia el campamento, marcando su territorio, listos para cazar. Jonah avisó por radio para que todo el mundo estuviera a salvo pero los leones, a 200 metros del campamento, cambiaron de ruta y se perdieron entre las sombras de la noche de luna llena.
La siguiente avioneta me llevó a Kwara, en el delta del Okavango, ese inmenso delta donde el río termina dentro de un pantano sin nunca llegar al mar, formando una serie de islas y canales. Paseamos en lancha, pescando, observando los hipopótamos y los elefantes cruzando el río. Navegamos en “mokoro", esas embarcaciones tradicionales talladas en un solo tronco, escuchando el ruido del deslice de la canoa sobre el agua, entre los altos pastos.

El agua llega al Delta cuatro a cinco meses después de las últimas lluvias en Angola donde el río Okavango empieza, entonces todos los espacios vacíos se llenan poco a poco y las partes más altas se vuelven islas; la vida silvestre se reparte en todo ese territorio donde abundan agua y pasto. Pero en in- vierno, el agua es escasa y los lagos se van secando, los bagres se retuercen en el lodo antes de morir o ser pescados por las águilas pescadoras o babuinos. Un momento inolvidable de Kwara fue encontrar un leopardo cazando en la noche mientras los zorros de oreja de murciélagos buscaban termitas e insectos para comer. La noche nunca duerme en la sabana.

 

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Después de una hora de vuelo en avioneta, lle- gué a Deception Valley, en el Kalahari norte. Aquí, la vegetación cambiaba, las acacias eran más bajas y el desierto vibraba. Observábamos las características de sobrevivencia de algunos animales como las termitas que forman enormes túmulos para regular la temperatura interna para permitir el crecimiento del hongo, del cual se alimentan; el puercoespín, para defenderse, clava sus hermosas espinas en la piel del león y llevan tantas bacterias que el león muere por infección; las parejas de antílopes Steenbok se forman para toda la vida y son muy te- rritoriales, dejando sus excrementos descubiertos en el borde del territorio que generalmente es de 0.5 km cuadrados; los kudus machos tienen unos cuernos hermosos pero al pelear pueden quedarse atorados sin poder separarse y se mueren por no poder comer.

Caminando por el Kalahari con el Bushman, me contaba como esconden los huevos de avestruz llenos de agua a cierta distancia de sus casas para poder beber cuando están de cacería, sellando el huevo con unas plantas que permiten conservar el agua pura. Me ensenó como encuentran raíces comestibles, como prenden el fuego con dos palos, como usan algunas plantas para medicinas, otras como veneno para sus flechas, unos arbustos para sus herramientas entre otras cosas.

Este viaje fue como dice mi amigo Jonah: “Botsuana ke lefatshe la dipholofoto tse dintse": Botsuana es la aventura sintiendo el aliento de los animales.

 

 

 

 Namibia

Imágenes de un desierto vibrante

Namibia es el lugar para descubrir uno de los desiertos más bellos del mundo. Desde el momento en el que llegué, descubrí que la mayoría de las personas que vivían ahí eran de origen alemán. Muchas me contaron la historia de su familia; de cómo colonizaron ese maravilloso país en el siglo XIX. El paisaje me subyugaba, los cuentos me acurru- caban y disfrutaba de ese gran viaje.

Recorriendo el país en minivan, nuestro primer destino después de aterrizar a Windhoek (se pro- nuncia Winduk), una tranquila capital con casas de tipo europeo en el sur. Nos instalamos en el soberbio Wolwedans Lodge construido sobre las dunas. La luna inundaba las dunas con una caricia de luz inventada por la África Austral, el aire levantaba la arena para esculpir la obra de la naturaleza, los velos del mosqui- tero volaban al ritmo del soplo del desierto, la noche se vestía con el brillo de las estrellas. Wolwedans es una tierra de imágenes que invitan a admirar el esplendor de un maravilloso mundo.

 

 

Con el sol, las dunas rojas brillaban como rubíes dentro de un horizonte sin final, decorado por montañas moradas que delimitaban un cuadro lleno de ocres.
En Wolwedans, ese elegante Lodge donde las cabañas de madera albergaban las camas cubiertas por mosquitero que permitían dormir al aire libre, escuchaba la historia de Stefan, el dueño de esa extraor- dinaria reserva privada preservada por el hombre. Su familia, llegada de Alemania, había comprado los ranchos para eliminar todo tipo de ganado y regresarnos a ese maravilloso hábitat de la vida silvestre; al viento y a la arena que hacían vibrar ese mundo hostil, preservado de los desastres ecológicos. Edificaron un lodge que flotaba sobre las olas del desierto rojo, un refugio natural entre las enormes rocas que adornan el entorno y con nuestros recorridos descubría el suntuoso am- biente con sus extrañas plantas y sus animales.


Siguiendo mi recorrido, alcancé la granja Kiripotib, un encantador oasis en medio de las montañas áridas. Hans y Claudia me abrían otra ventana al desierto de Namibia, otro cuento, con esa hermosa granja. El padre de Hans creó un enorme rancho para criar los borregos “Dorper”, Hans había perpetuado la epopeya y su esposa Claudia había creado un taller de joyería y de telares de alfombras en donde se inventaban tape- tes de lana del borrego Karakul de elegantes diseños con huellas de guepardos o marcas tribales. Pasaba las veladas escuchando la historia de sus vidas, el abuelo me hablaba de Alemania en alemán, los hijos me ense- ñaban sus dibujos.


Finalmente llegamos a Sossusvlei, un desierto diferente. A lo lejos ondulaban las enormes dunas de arena amarilla, brillaban los lagos secos que detenían los árboles muertos hace más de 500 años, estallaban los cerros de piedra de formas extrañas. En un monte rocalloso me instalé en el extraordinario y lujoso Sos- susvlei Wilderness Camp perfectamente integrado al entorno, un refrescante oasis surgido de la imaginación del hombre bajo el sol implacable del desierto. Era el punto de partida ideal para descubrir las inmensas dunas de Sossusvlei, unas de las más altas del mundo que se ex- tienden a lo largo de 300 km por 150 km de ancho.


Seguimos por la Skeleton coast, en donde el hombre ha dejado los esqueletos de los naufragios, que era una advertencia de no navegar por esa costa debido a las fuertes corrientes. Al sur del Skeleton Coast, visité el encantador pueblo de Swapokmund, creado por los colonos al estilo holandés, en donde el mar acaricia el desierto, un lugar atractivo para gozar de las playas o de las lagunas repletas de flamencos. Llegando a Cape Cross, me instalé en el pequeño hotel a la orilla del mar, hundido en la bruma y visité la gran colonia de focas que creaban una extraña música en la bruma estéril, atrayendo a los chacales.


Siguiendo la ruta, me interné tierra adentro, dejando la bruma en la costa, para entrar en Namibia central, donde de la tierra surgen las Welwitschias, esas plantas cuyas hojas crecen despacio, tomando la apariencia de una lechuga seca y la mayoría de ellas tienen cerca de 1000 años. Llegamos a Twyfelfontein para admirar unas pinturas rupestres que adornaban las rocas rojas que alumbran el monte cuando el sol brilla en el horizonte. Eran unos dibujos de animales y gente, representando una época olvidada de la vida de los habitantes de Namibia. En medio de los montes áridos, alcanzamos el Hua Lodge, donde Jan Van de Reep ha creado un refugio natural en el entorno del río Huab, ideal para observar elefantes del monte, kudus, pájaros y una extraña flora.

 

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Terminamos nuestro viaje en Etosha, la gran reserva de animales alrededor del Etosha pan, ese enorme lago seco en donde no crece más que el vien- to y donde se puede observar la gran diversidad de la fauna, desde elefantes hasta rinocerontes, jirafas, gacelas y leones. Era una reserva fabulosa gracias a la gran diversidad de fauna y la posibilidad de acercarse para observar los animales en su hábitat.

Namibia es un desierto de colores ocres, amarillos o gri- ses, que vibran bajo el corazón de sus animales silvestres, sus plantas y su gente. La música del entorno es un extraño sonido donde palpita el viento, ruge el león, brinca el springbock, baila el hombre. Namibia es un desierto que sorprende, embruja y seduce para siempre. 

 

 

 

Sudáfrica

La elegancia del buen vivir

 África Austral es un mundo de sorpresas donde cada Lodge u hotel brinda una nueva experiencia; cada reserva regala muchas sorpresas y cada gente ofrece un encuentro maravilloso. Sudáfrica es un país moderno y rico; es una aventura que disfruté con elegancia y refinamiento a pesar de unos imponentes contrastes raciales y sociales.


Visité Johannesburgo, o Jo’burg como la llaman sus habitantes, una ciudad que palpita con sus rascacielos, su centro abandonado por razones de inseguridad, donde las torres vacías se reflejan sobre su glorioso pasado, y sus bellas casas en zonas verdes generalmente con máxima protección.


Visité la mina de oro, los bellos campos de golf, los grandes malls con sus elegantes tiendas y sus mejores restaurantes, al igual que cualquier ciudad del mundo, disfrutando con placer de Jo’burg.

 


Un avión me llevó a Hoedspruit, a la orilla del Kruger National Park. Mi personal ranger me estaba esperando para llevarme a la reserva de Kapama, y me instalé en el fabuloso Camp Jabulani, en mi suite con alberca privada antes de disfrutar de un excelente “lunch the afrikáner way”, es decir con alguna carne de cacería.


Unos hermosos recorridos me acercaron a los animales salvajes que habitan la Reserva Kapama, observando leones, rinocerontes, cebras, gacelas, elefantes, jirafas, etc., y las noches se alumbraban con inolvidables cenas a la luz de las antorchas bajo un cielo blanco de estrellas mientras se oyen los leones. En esa reserva visité el centro de recuperación del Cheetah o guepardo donde me pude acercar a ese magnífico felino con su adorable cara y su cuerpo manchado.


Visité también los extraños perros salvajes, en el atardecer que pinta de rojo el cielo, más tarde me tenían la sorpresa de un soberbio aperitivo con champaña en medio de la sabana antes de subirme en unos elefantes amaestrados para dar un paseo nocturno que permite acercarse a las bestias. Esos elefantes habían sido rescatados de Zimbabue donde los iban a sacrificar para comer y fueron trasladados a la Reserva de Kapama.


Esa Reserva es la obra de Lente Roode y su difunto esposo que fueron comprando granjas para volverlas reserva privada. Ahora Lente y su hija Adine manejan la reserva. Entre los elefantes, vive Jabulani, un elefantito de 12 años que había sido rescatado del lodo donde se quedó atascado. Venía con la manada; su madre y los otros elefantes trataron de rescatarlo sin éxito y lo abandonaron.


Cuando los hombres lo encontraron estaba solo, cansado y los trajeron a la reserva donde vive feliz junto a los otros. Nos enamoramos él y yo, en signo de cariño me paseaba su trompa húmeda por toda la cara. Camp Jabulani y la reserva de Kapama fueron una de mis más intensas aventuras.


Una avioneta me llevó a la reserva de Madikwe, en la parte noroeste del país, para descubrir su variada fauna con jirafas, gacelas, monos y felinos, y mi ranger particular me trasladó desde la pista a Mateya, un Lodge con una decoración de arte africano muy refinado y 5 suites con alberca y vista de la sabana donde paseaban los focóqueros, las cebras y los búfalos.

 


Regresando a Pretoria, la bella capital, abordé el Rovo’s Rail, un distinguido y fastuoso tren, uno de los más lujosos del planeta, que me llevó hasta Cape Town. Cada vagón tiene 3 inmensos camarotes atendidos por un Butler personal y mientras contemplaba el paisaje, gozaba de las más refinadas comidas a bordo. En camino visitamos Kimberly y sus famosas minas de diamantes de donde salen los más grandes y bellos. Saboreamos un picnic en medio de la naturaleza con champaña y excelentes platillos como foie gras y caviar, descubrí la campiña con una caminata cerca de Matjiesfontein, un auténtico pueblo victoriano creado en 1890 y bien preservado, con sus casas surgidas de una novela de la baronesa von Blixen-Finecke.

Finalmente, después de recorrer las montañas que encerraban los hermosos valles con viñedos, alcanzamos Cape Town, una hermosa ciudad al pie de la Table Mountain, adornada con casas victorianas y edificios de varias épocas, hundidos en la vegetación.

Recorriendo en velero el temible cabo hasta llegar a su ventosa punta, observé los pingüinos en Boulder Beach, los pescadores fugitivos de abalón, los avestruces en el Cabo y contemplaba el majestuoso paisaje degustando exquisitos pescados y mariscos.

Después de visitar el valle de Franschoek y sus famosos vinos que se extienden en unos valles entre montañas habitadas por monos, alcanzamos por mar Hermanus, hasta llegar a Grootbos, un fascinante Lodge ecológico donde observé las diferentes especies de Fynbos, esas extrañas flores llamativas. Navegamos en las aguas de Gansbaai para observar las ballenas, las focas y bajar en la jaula para sentir de cerca el enorme tiburón blanco. Es una de las aventuras más llenas de descarga de adrenalina que he conocido y no creo repetir de nuevo.

Seguimos por la carretera en medio de los campos de flores amarillas y praderas verdes a la orilla del océano Índico, observando sus largas olas hasta descubrir Garden Route, un verdadero placer de naturaleza con pueblos encantadores como Knysna a la orilla de la inmensa bahía o Plettenberg que observa las montañas bañadas por la bruma matinal.

Sudáfrica acoge con elegancia, impresiona por la vida salvaje de sus reservas, el modernismo de sus ciudades, la belleza de sus viñedos y la magnificencia de su costa sur. Me conquistó con su refinamiento en medio de un mundo insólito con ese esmero que sólo ellos saben divulgar.

 

 

Texto: Patrick Monney ± Foto: Patrick Monney,Singita Pamushana, Roger De La Harpe, Namibia Tourism - www.fotoseekr.com, South African Tourism, Tswalu

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