Con los inuits por Hudson Bay

Al norte de la provincia de Québec existe un mundo desconocido, habitado por los inuits de Canadá. Mundo en el que las sombras se alargan, el sol desaparece a medianoche para surgir dos horas más tarde, y el eterno invierno se cubre con una capa blanca, vistiendo el mar con hielo. Los glaciares han dejado sus huellas sobre las rocas, esculpieron un paisaje insólito, de escasas montañas y muchos lagos. La costa es sorprendente, la vida, intrigante. Es un mundo misterioso, al norte del Paralelo 55, bajo el Círculo Polar.

Esa gran península se encuentra delimitada al oeste por la Bahía de Hudson, un mar interno al sur del gran canal natural que comunica el Atlántico con el Pacífico, utilizado por los barcos cuando los hielos se derriten. Al norte la bordea el Estrecho de Hudson, camino muy frecuentado por las ballenas, y la Bahía de Ungava, donde los paisajes insólitos desafían el clima extremoso. Al este, el Mar de Labrador baña la costa, que mira hacia el Atlántico. El único límite de esa región es el horizonte, en el que el sol se pone como si le fuera difícil ocultarse, y reaparece como si tuviera miedo de quedarse alejado.

 

 

 

Parecieran eternas las puestas de sol, el astro juega con el horizonte, titila, hasta por fin tocarlo cuando son casi las doce de la noche. La luz no desaparece, queda encendida en un resplandor. Los pájaros duermen, la gente descansa. A las tres de la madrugada la luz se vuelve intensa, el sol alumbra las costas donde las colinas bajan hacia el mar.

La costa se dibuja con pequeñas islas bañadas por aguas cristalinas, grandes ríos se vierten en el mar después de haber recorrido la tundra, los árboles no crecen, los lagos son el fruto de las aguas que se quedan atrapadas, el musgo cubre las rocas y gran variedad de flores surgen en el corto verano, el verano de los eternos atardeceres.

 

 

En esa región no existen carreteras y los 14 pueblos principales se comunican por los aviones de Air Inuit. El mar es el mejor medio de comunicación y los inuits viajan en canoa en verano, pero en trineo de perros en invierno, cuando el mar se vuelve sólido y blanco. Su vida tradicional los obligaba a vivir en iglúes a partir de que la noche larga se instalaba, y en tiendas de piel de foca en los momentos en que el ligero calor derretía los hielos.

Los inuits son descendientes de los thule, una rama que pobló esa región, procedente de Asia y que había atravesado el Estrecho de Bering, cuando ése se encontraba congelado, durante una época glaciar. Los thule aparecen en la región a partir del siglo XIII d.C., reemplazando los diferentes grupos étnicos paleoesquimales que habitaban el Ártico. En los siglos XVIII y XIX establecieron contactos con la civilización de los blancos para intercambio de pieles y entonces la vida de los inuits empezó a cambiar.

Antes, las mujeres eran muy activas, rascaban la grasa de las pieles de los animales que los hombres traían de sus cacerías, luego las masticaban con sus dientes para ablandarlas y las zurcían con agujas de hueso, transformándolas en vestimentas para toda la familia, incluyendo las botas. Los hombres cazaban focas, ballenas, osos, lobos, zorros y caribúes para comer y vestirse, con los huesos fabricaban sus instrumentos, se desplazaban en trineo de perros y se iban varios días atrás de osos y caribúes. La grasa animal se usaba para calentarse adentro del iglú y aguantar la dureza del clima. Era gente fuerte, valiente, desafiante, orgullosa.

 

 

Hoy, la vida ha cambiado. El gobierno les mandó casas prefabricadas con calefacción y cocina integral. Los escasos pueblos se instalaron a orillas del mar, con iglesia, hospital en los más grandes, coches o quad, motos de nieve, pequeños puertos. Hoy, los inuits solamente cazan por gusto, pescan por placer y se van de campamento en tiendas de tela, pero pasan mucho tiempo en el supermercado. Su vida actual no se parece a la antes.

 “Ai, qa-un-i-kiit”, hola, ¿cómo estás? Es el saludo en inuktituk, idioma que siguen usando, conservando esa tradición ancestral de la lengua, a pesar de la invasión del mundo moderno, un mundo de otro tipo. La escritura también se utiliza, aunque la televisión ocupa mucho lugar en sus vidas.

Los inuits son encantadores y muy sociables, algunos fabrican intrigantes figuras de piedra que representan osos, focas, escenas de cacería o de pesca. Los cuernos de los caribúes y del reno que habita esa tundra se usan también para crear magníficas obras. El pescado crudo sigue siendo uno de los platillos principales, se corta en rebanadas que voltean, piel adentro, para cortar delicadamente los pedazos. Caribú, ganso, pato, focas y ballenas son también alimentos muy preciados, adquiridos gracias a sus cacerías organizadas.

 

 

Las manadas de caribúes habitan esa tundra y taiga de Nunavik, y la manada más grande jamás observada, cerca de un millón de cabezas, se ha visto en esa región. Su migración anual de otoño es un espectáculo único en el mundo, y su territorio se extiende sobre toda la región norte de la provincia de Québec. El caribú come el líquen que aquí crece, y migra para encontrarlo. Los inuits de Nunavik dependían mucho de ellos para alimentarse, y con la piel hacían  “qulittaq”, abrigo reconocido por sus propiedades térmicas, y los cosían con los tendones secados previamente.

Aunque los inuits son gente de la costa, algunos seguían las manadas tierra adentro, durante el invierno, cuando el hielo y la nieve facilitaba los desplazamientos. Entonces construían los inukshuit, montones de piedra que se observan por la inmensidad de la tundra. Se construyen de colinas en colinas para espantar a               los caribúes y concentrarlos en lugares de emboscadas. Los inuits los consideran como un vigilante, que avisa que aquí el ser humano ha vivido y que es posible habitar ese lugar. En invierno son señal de que el viajero se encuentra en un lugar seguro y firme, isla o tierra, y no sobre mar o lago, lo que confirma que no habrá riesgo de que el hielo se rompa. Hoy en día, la cacería del caribú es un deporte muy apreciado por los inuits y los québecois.

 

Umiujaq

En la costa del gran golfo de forma circular, llegamos a Umiujaq, pequeña aldea en la que una larga playa de arena invita a pasear. Los niños se bañan en el río, la gente camina al supermercado, otros juegan béisbol, las calles huelen a tierra, el viento se pasea entre las casas de madera, todas idénticas. Parece el lugar más alejado de la Tierra, el sol brilla reflejándose en el agua, el cielo se confunde con el mar. En su pequeño puerto preparamos la lancha parea explorar la región.

 

 

Las rocas son hermosas, con incrustaciones de cristales rojos y amarillos, con betas verdes o cafés, hundiéndose en el agua transparente. En las bellas playas encontramos huellas de osos, zorros, caribúes y patos. Las cascaditas bajan hacia el mar, el paisaje es hermoso, salvaje. En Umiujaq pasa la línea de la vegetación, es el límite de los árboles que forman el bosque boreal y solamente crecen pinos chaparros. Más al norte de esa línea no hay árboles, únicamente líquenes y musgos, algunas plantas y arbustos.

Al navegar en nuestra canoa pudimos admirar la belleza de la región, donde el cielo enmarca las colinas. Seguimos la ruta hacia el sur, bordeando las montañas que bajan suavemente hacia el mar, una costa protegida por varias islas planas.

Llegamos al estrecho pasaje, el “Goulet”, auténtico cañón que comunica la Bahía de Hudson con el Golfo de Richmond, una inmensa bahía encerrada en la tierra. En el Goulet la corriente es tan fuerte que nunca se congela y es el lugar favorito de ballenas belugas, salmones y truchas. Aprovechamos la corriente de la marea subiendo para recorrerlo.

 

 

El Golfo de Richmond se encuentra rodeado de colinas con formas extrañas, diseñando un soberbio escenario de cascadas y ríos que bajan con fuerza, inventando lugares idílicos para acampar. Finalmente, cuando el sol se ponía y el viento congelaba la piel, alcanzamos la gran playa al final del golfo, punto más alejado del mar, y sin embargo las mareas descubren la arena, lugar favorito de los mosquitos que atacan como un ejército bien formado.

Un coche nos esperaba para regresar a Umiujaq, a sólo media hora, atravesando el último bosque boreal de pinos enanos. En la tenue oscuridad de la una de la madrugada nos encontramos con un lobo que buscaba su cena de medianoche.

La región de Umiujaq es soberbia, con características geográficas impresionantes, y más allá, los lagos, los ríos, las colinas, esconden tesoros de la naturaleza. La costa es un sinfín de encantadores rinconcitos con playas al pie de las colinas.

 

Puvirnituq

El avión nos llevó más al norte, a Puvirnituq, el pueblo más importante de Nunavik, situado a la orilla del río, en una zona llena de lagos y ríos en medio de la tundra donde no crecen árboles. Es un pueblo muy activo, con un hospital que recibe pacientes de lugares remotos, con un hotel muy acogedor, dos supermercados... y en el que los inuits salen a las calles con cualquier pretexto. Los niños juegan a la orilla del agua y se bañan al atardecer, los perros de trineo están en islas durante el verano, se escuchan sus ladridos, los quad petardean por las calles, los amigos se encuentran y se saludan.

 

 

 

 

Salimos en lancha para seguir la costa, bastante plana hacia el norte, paseando entre islas, enfrentando el frío y las olas. Finalmente, después de dos horas de navegación, llegamos a una isla en la que se había instalado un campamento de verano. Fuimos recibidos con alegría e invitados a la comida que estaba por empezar.

Dentro de una de las tiendas se encontraba el comedor, todos sentados en el suelo en tres dobles hileras. En la del medio se servía pescado crudo, que se cortaba en rondanas, la especialista volteaba los trozos para dejar la piel adentro y cortar las rebanadas con una pequeña hoz, muy afilada. Parecía una pulsera roja, cada uno agarraba una y desprendía los pedazos así preparados, la sangre manchaba el piso. En las otras hileras se servía la carne cocinada de caribú y de ganso, de fuerte sabor. Afuera colgaban trozos de caribú, muy delgados, para secarlos. Esa comida fue una experiencia etnográfica, fascinante.

Después de comer salimos en canoa, para recorrer la costa dibujada por islas, pequeñas calas, rocas y playas. El entrenado ojo de Paul Kusugak, nuestro acompañante, localizó un grupo de seis caribúes, a lo lejos. Caminamos hacia ellos, despacio, agachados, silenciosos. Fue extraordinario observar a esos animales, con sus inmensos cuernos y su elegante postura, destacándose su silueta contra el cielo gris.

El paisaje es soberbio, se siente la gran soledad del norte, el frío del verano conquista los huesos, el mar lame las rocas que pronto se cubrirán de hielo y nieve. Es una sensación fabulosa.

 

 

 

Regresamos a Puvirnituq cuando el sol bajaba en el horizonte, pintando el cielo de fabulosos colores. Desde allí salimos por el único camino, de cuatro kilómetros que lleva a un lago. Soberbio paisaje con caribúes, salmones en los ríos, líquenes y flores de verano.

 

Ivujivik

El trayecto desde Puvirnituq hasta Ivujivik en avión nos permitió admirar el magnífico paisaje desde el aire, una costa dibujada por los hielos que han dejado miles de islas, bahías, estuarios y penínsulas con formas extrañas, como la de Akulivik, donde descendió el avión para aterrizar en el pequeño aeropuerto desolado. Ese pueblo se aloja sobre una larga península en medio del mar, que brilla a la luz del verano.

Llegamos a Ivujivik, el pueblo más al norte de Québec, rodeado por impresionantes acantilados que se hunden en las aguas del Estrecho de Dignes. Las dos calles bajan a la playa, casas idénticas, niños que juegan béisbol y el supermercado como punto de encuentro. Aquí las horas de noche son todavía más reducidas, el frío más intenso, el paisaje más espectacular. Desde la punta este, los habitantes han instalado un mirador para observar las ballenas y cazarlas con rifle, y es el mejor lugar para gozar de esas puestas de sol eternas, cuando el sol baja con una trayectoria casi horizontal, encendiendo el horizonte.

 

 

Al día siguiente salimos en canoa con Adamie Kalingo, para recorrer los fiordos donde desembocan violentos torrentes, fabulosas bahías, en las que caen las cascadas desde lo alto de los acantilados. Observamos caribúes, pero no tuvimos la suerte de encontrar un nanuq (oso polar).

En esos acantilados anidan los “thick-billed murre”, pájaros que parecen pingüinos, con alas cortas que todavía les permiten volar. Se lanzan desde lo alto de las rocas para tomar vuelo. Son inmensas colonias, especialmente en las Islas Digges, que puntúan ese estrecho donde las corrientes son violentas y asaltan el cabo Wolstenholme.

Esos pájaros han pintado los acantilados con sus excrementos blancos, la roca parece vibrar con sus movimientos, todos se paran frente a la roca, volteando de lado para observar el agua. Parecen nubes cuando vuelan en conjunto con las gaviotas, ofreciendo un espectáculo impresionante.

Nuestro recorrido en lancha fue inolvidable, descubriendo la majestuosidad del paisaje con sus profundas bahías, encontrándonos con focas y puffin, pájaros de pico colorido que parecen payasos. Recorrimos los hermosos fiordos adornados de cascadas de agua tan pura que la bebíamos, alcanzamos el cabo Wolstenholme y regresamos costeando las islas. En una de ellas nos internamos en una bahía profunda, decorada por el hielo, y al caminar por ese paisaje de rocas negras encontramos los rastros de un antiguo pueblo de piedra. Apreciamos la variedad de flores que gozan del corto verano, admiramos el suntuoso escenario, y encontramos restos de una ballena.

 

 

Navegamos hacia el suroeste, recorrimos canales escondidos entre islas y  penínsulas. Observamos a las águilas cuando cazan, a los caribúes pastorear, y vimos campamentos de pescadores. Las algas se movían con el baile de las olas, siguiendo el ritmo de las mareas, las focas jugaban. La inmensidad del espacio en el cual no encontramos casas crea un sentimiento de estar solo en un mundo todavía virgen. Es fabulosa la experiencia de navegar por esas tranquilas aguas, por calas escondidas, entre islas y acantilados, con aire puro, y frío.

Nunavik es la tierra sin límite, seductora, intrigante, el último paraíso de las aventuras. Es una región extremosa, allí la comunión con la naturaleza se hace intensa, a la luz tenue que proyecta las largas sombras sobre los líquenes y las flores polares. Aventureros, cazadores, exploradores encuentran desmesuradas emociones frente a tanta solemne belleza. El regreso a la civilización fue difícil, y sentí que dejaba un rincón de mi alma en esa inmensidad fría, que se preparaba para el largo invierno.       

 

 

Texto: Patrick Monney ± Foto: Patrick Monney.

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