La noche era clara y el cielo se mostraba lleno de estrellas, estábamos en silencio a la espera de que la radio del barco Lucky Two sonara para darnos el  aviso de que el fuerte viento del sur se había calmado. Estábamos en la anhelada espera para hacernos a la mar y tener una navegación relativamente confortable durante el trayecto de 60 millas que nos separaban del Puerto de Progreso, rumbo al maravilloso Arrecife Alacranes.

El Arrecife Alacranes es una gigantesca media luna de coral de aproximadamente cien kilómetros cuadrados de superficie, al que los corales lo convierten en una fortaleza contra el constante viento del nordeste. En el interior del arrecife, de 64 por 13 kilómetros, de longitud y anchura, respectivamente, hay cuatro islas y un islote. 

Al igual que muchas islas del Caribe, el Arrecife Alacranes es de formación reciente; las arenas de sus islas son de color blanco amarillento, de grano grueso, con fragmentos de conchas, algas y corales.   

 

 

Las playas de arenas blancas y vegetación muy verde, en su mayoría ocupadas por pájaros que hacen sus nidos en la arena o en los arbustos, pero todo esta ocupado y sus graznidos se escuchan a muchos metros de distancia. Con esta imagen el viaje ya había valido la pena, pero habíamos venido a conocer sus fondos marinos y teníamos muy poco tiempo para recorrer todo el arrecife. Con nerviosismo de principiantes preparamos nuestro equipo de buceo y nos dirigimos a donde nuestro guía Nardo López nos recomendó.

Rompimos el espejo del agua que no era muy clara y descendimos pegados a la pared de coral hasta una profundidad de unos veinte metros y empezamos el recorrido.  Lo primero que llamó mi atención fue la gran cantidad de corales que poblaban el fondo, pero sobre todo la cantidad de anclas de todo tipo, algunas muy viejas en las que se notaba el paso del tiempo. Cuando empezamos a retornar a la superficie nos encontramos con un gran cardumen de anchovetas. Eran tantas que dificultaban nuestra visión y alegraban el camino, este espectáculo nos sirvió para realizar nuestra parada de seguridad. Posteriormente, llegamos a la protección de la isla cuando el sol empezaba a ocultarse en el horizonte marino. 

 

 

 

 

 

 

El agua de las primeras horas de la mañana era clara, fresca y vigorizante. Los rayos del sol formaban una gran cortina de luz haciendo que la visibilidad fuera espectacularmente buena. El mar con sus azules profundos nos envolvió y durante algunos momentos los enormes cardúmenes de pequeños peces nos rodearon de tal manera que no podíamos ver a nuestros compañeros de buceo, que se internaban en enormes cañadas de coral que en algunos momentos se hacían tan angostas que nos obligaban a pasar de a uno. Las langostas y las morenas verdes se mostraban atrevidas, mientras los coloridos peces loros se alimentaban de los corales duros. 

Habíamos realizado varias inmersiones y ahora nuestro cuerpo estaba saturado de gas, por lo tanto tuvimos que realizar largas paradas de descompresión en las aguas poco profundas. Pudimos observar un espectáculo capaz de entibiar el corazón: los corales blandos, de varios tipos, , bailaban para nosotros al compás de la marea. Contrastando con los colores grises y cafés de los corales blandos y colgando de sus ramas, observamos a los tunicados azules, que ansiosos esperaban que la suave corriente marina les trajera el alimento. 

El Arrecife Alacranes es conocido mundialmente por la comunidad de buceadores debido a la gran cantidad de barcos hundidos que yacen bajo sus aguas. Este fue uno de los motivos que originó esta expedición conformada por: Rafa Nachon, Chema López, Jorge Loria, Lalo Saint Martín, Luis Gómez, Manuel Sains, Tali Victoria, Jorge Rizo y Manuel Andrade. Todos ellos amantes del buceo en barcos hundidos.

Nos volvimos a hacer a la mar siguiendo la barrera arrecifal y confiando plenamente en nuestro guía. El tiempo pasaba lentamente y la búsqueda no daba resultado, pues las marcas que tenía se habían borrado con el tiempo.  

 

 

 

 

Con rapidez preparamos nuestros equipos de cámara y video submarinos, en esta ocasión no íbamos a necesitar de los pesados tanques y demás enseres de buceo, pues la profundidad no pasaba de tres metros. Lo primero que llamó mi atención fueron los magníficos jardines de coral de todo tipo, y mientras los rayos del sol penetraban en el inmenso mar daban la  sensación de estar en un gran teatro.

Poco a poco fueron apareciendo ante nuestros ojos los pedazos de lo que fuera un gran barco de carga, las enormes propelas, las anclas, el cigüeñal… y siguiendo todos estos pedazos se llega a las columnas de mármol. La adormilada raya común que interrumpió su siesta cuando llegamos y se levantó molesta a nuestro paso, más adelante una pared amarilla se levantaba y se movía con sigilo, era una gran escuela de peces payasos que daban la impresión de ser los guardianes de tan importante tesoro. 

Por eso, todo el grupo se mostró conforme con recordar y aplicar esta frase: “No le quites nada al mar, estás de paso en estos lugares, puedes mirarlo todo y alegrarte de estar aquí, pero hay que dejarlo todo tal como lo encontraste al llegar.”

El gobierno de México y la iniciativa privada han realizado un gran esfuerzo para la conservación de este fantástico lugar. Por favor, querido lector, ayúdanos a conservarlo.

 

 

 

 

 

Texto: Alberto Friscione ± Foto: Alberto Friscione.

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