Al hacer una referencia sobre la legendaria figura de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador y sus años en Levante, vale diferenciar los datos históricos, firmemente documentados, de las elaboraciones literarias cargadas de elementos míticos; aunque siempre es necesario compararlos, jamás se ha de confundirlos.

El 10 de julio de 1099 d.C. muere en Valencia Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, quien en 1094, conquistó esta ciudad tras un asedio que duró varios meses, en lo que fue una de las gestas más célebres, no sólo en la vida del burgalés, sino para la misma historia española. Años atrás, antes de la victoria del Cid, Balansiya (nombre con el que se conoció a Valencia en Al Andalus) fue dominio de Yusuf ibn Tashufin, primer emir de la dinastía beréber almorávide y fundador de Marrakech (1062), el cual extendió su dominio desde el norte de Marruecos, el Magreb central y la actual Argel, hasta la península Ibérica, donde derrotó al monarca castellano-leonés Alfonso VI de León, el Bravo, en la batalla de Sagrajas o Zallaqah, en 1086.

Tras su desventurado destierro en 1081, por Alfonso VI y hasta 1085, el Cid estuvo al servicio de Yusuf al-Mutamin, rey taifa de Zaragoza, quien le debe la mayoría de sus éxitos militares a Díaz de Vivar, aunque esta etapa de su vida no se encuentra en el Cantar del mio Cid. En 1086, don Rodrigo regresa a Castilla, una vez reconciliado con Alfonso VI, para ser enviado a Levante a proteger los intereses castellanos; sin embargo, en 1089 a causa de un nuevo exilio, continua en batalla, por cuenta propia, llevándolo a la conquista de Levante (incluida Valencia), donde asume su señorío bajo el título de príncipe de Valencia; es así como se conforma el principado valenciano, el cual duraría hasta mayo de 1102, tras la reconquista musulmana, cuando Jimena, la esposa del Campeador, abandona la urbe.

 

 

 

 

 

En su acercamiento a Valencia, el caballero burgalés saqueó la taifa de Denia, para después acercarse con su mesnada (tropa) a Murviedro, lo que generó que Al-Qádir, rey de la taifa de Toledo y de Valencia le pagara tributo, usurpando así los pagos que antes pertenecieron a Alfonso VI. Para entonces, el Cid ya era una de las figuras más notables de la península Ibérica dado el dominio que estableció con el principado valenciano, teniendo como tributarias a poblaciones como Lérida, Tortosa y Sagunto, entre otras. Tres años después, en 1092, el Campeador tomó como base de operaciones la llamada Peña Cadiella, en la sierra de Benicadell, frontera natural de aproximadamente 25 km entre las provincias de Valencia y Alicante. Ese mismo año, Ben Yahhaf, tras asesinar a Al-Qádir decide tomar Valencia, por lo que don Rodrigo desde la fortaleza de Cebolla (El Puig), establece un cerco. Sin embargo, los valencianos quedaron desprotegidos y vivieron desabasto por casi un año, hasta que la ciudad capituló el 17 de junio de 1094, tomando el Cid posesión de ésta.

 

La batalla de Cuarte

Desde el momento en que el emir Yusuf ibn Tasufín supo de la caída de Valencia e impulsado por las quejas de los denienses del sometimiento del que eran víctimas, se decidió recuperarla. Así, el 21 de octubre de 1094 tiene lugar la famosa Batalla de Cuarte, la mayor victoria que consiguió el Cid en toda su trayectoria guerrera, y la primera derrota del Imperio almorávide en la península Ibérica. 

 

 

 

 

 

Al amanecer, la caballería del Cid –inferior en número–, salió por la puerta de Boatella y rodeó al ejército almorávide sin ser descubierta; así, cuando los árabes los vieran, pensarían que se trataba de refuerzos de Alfonso VI que venían de Castilla; mientras, otra parte de la caballería salió de Valencia por la puerta oeste, llamada de la Culebra, simulando un ataque frontal al que respondió la hueste almorávide, sin imaginar que serían atacados por la retaguardia, con lo cual la estrategia del Cid tomó por sorpresa al grueso de los almorávides que terminaron por desbandarse.

 

El último suspiro

A principios de 1097, el Cid con ayuda de las tropas aragonesas del rey Pedro I, con quien se había aliado tres años antes, vence el ataque almorávide comandado por Yusuf ibn Tashufin, en lo que sería el inicio de sus últimas conquistas en vida de Rodrigo; esta victoria, que se saldó con la batalla de Bairén, lo llevaría a tomar Almenara y, el 24 de junio de 1098, la poderosa plaza de Murviedro. Sin embargo, un año después, entre mayo y julio de 1099, el Cid cae abatido, de muerte natural.

Su esposa Jimena, logró defender la ciudad de los moros unos años más, con la ayuda de Alfonso VI, hasta que finalmente, el 5 de mayo de 1102, abandona Valencia, llevando consigo los restos del Campeador, los que serían inhumados en el monasterio burgalés de San Pedro de Cardeña y que actualmente reposan, junto a los de su esposa, en la Catedral de Burgos.

“Qué grande es la alegría que corre por el lugar, cuando mio Cid ganó Valencia y entró en la ciudad”.

Cantar de mio Cid, Verso 1211.

 

 

 

 

 

Texto: Yolanda Bravo Saldaña ± Foto: PSYCHOLGIES / SL / ESCARLAT / wps / JUSTO JIMENEZ0004 / PNR

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