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 Actualmente se pueden visitar dos exposiciones de la escultora Louise Bourgeois, una de las artistas vivas más importantes que conoció el siglo XX, una en Boston y otra en varias ciudades europeas y estadounidenses.

El Institute of Contemporary Art/Boston presenta la muestra titulada "Bourgeois in Boston”, que reúne obras de colecciones públicas y privadas del lugar. Se encuentra abierta al público desde el año pasado y permanecerá hasta principios de marzo del 2008.

  

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La Tate Modern de Londres en colaboración con el Centro Pompidou de París organizaron una retrospectiva. Habiéndose presentado en la Tate, continuará itinerante en el Pompidou (primavera 2008), en el Guggenheim de Nueva York (verano 2008), en el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles (otoño 2008) y en el Hirshorn Museum & Sculpture Garden de Washington (primavera 2009).

Ambas exponen un mosaico de su trabajo, reuniendo todos los soportes, tradicionales y no tradi- cionales sobre los que ha trabajado la artista durante los 70 años de su producción. Pinturas y grabados de principios de su carrera, primeras esculturas en madera (que Bourgeois agrupó con el título “Personages”) y que a fines de los años cincuenta comenzó a vaciar en bronce.

También, ambas muestras reúnen el trabajo escultórico de la artista realizado entre 1960 y 1980, vacia- dos en bronce y obras en mármol, así como producciones en resinas, látex y caucho, y obra tardía, en la que se concentran y potencian sus obsesiones, en instalaciones a gran escala y esculturas en textiles que empezó a trabajar desde los años de la década de 1990.

Al ver la obra, el espectador tiene que tener presente que la obra de Louise Bourgeois es altamente autobiográfica y se basa en la reconstrucción del trauma que dejaron sus primeros años de infancia y juventud. Nació en París en 1911, en el seno de una familia dedicada a la restauración de gobelinos anti- guos. Desde pequeña se habituó a resarcir el daño y a trabajar con los objetos desechados. En 1938 se casó con el historiador de arte Robert Goldwater y emigraron a Nueva York, donde vive desde entonces.

Bourgeois trabaja con estados delicados del alma, centrándose en el negocio del dolor, el abando- no, la traición, la soledad, la ansiedad, el trauma. Así como con los costos existenciales de la individuación, la subjetividad y el crecimiento. La abyección es una plataforma teórica que nos permite una aproxi- mación al trabajo escultórico que realizó de los años sesenta a ochenta.

 

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Obras monolíticas denuncian la identidad trémula sobre la que se sostiene el sujeto y su pequeña, y siempre frágil, identidad sexual. En los trabajos pertenecientes a esta época, Bourgeois hace del cuerpo un amasijo reiterativo de órganos-parte. La furia es el sentimiento que modela estas formas de reminis- cencias antropomórficas, formaciones que en su paroxismo conducen lo humano de vuelta al estado mineral, inorgánico. De vuelta al paisaje, al fango indiferenciado del que surge la vida. Hay una cons- tante percepción parcelada del cuerpo que compulsivamente retoma una y otra vez. El trabajo de Bourgeois es abyecto porque imposibilita cualquier categoría o estado de orden. Sus formas operan confusiones entre los reinos del hombre y la mujer, lo animal y lo humano, lo orgánico y lo inorgánico. Protuberancias genitales evocan formaciones ocula- res o táctiles. Prominencias mamarias atestiguan que las leyes del falo son falsarias y han sido derro- cadas. Tal es el tema de la obra capital que realizó en 1974, The Destruction of the Father. ¡Parricidio y antropofagia, hermanos!

Muy distinto es el trabajo de Louise una vez que el tiempo ha acallado la rabia. Las últimas décadas de su vida ha tejido como araña la pérdi- da inapropiable del objeto melancólico. Tributo a la memoria y al perdón son las instalaciones que se agrupan con el nombre “Cells”.

Por un lado la celda como forma arquitectónica de reclusión y encierro, con comentarios a su propia casa y familia, por otro lado resalta el término biológico, “célula", como unidad mínima de la vida.

De cualquier manera, las cells se alimentan de la memoria como un inventario de objetos dese- chados y unidades mínimas que el tiempo ha dejado a su paso. Es cuando la edad alcanza a nuestra escultora, que empieza a trabajar con textiles y materiales blandos que ha recaudado con los años. Sus esculturas retoman el cuerpo, esta vez no como parte-objeto sino como totalidades mutiladas y protésicas. Un estado de gracia, de perdón, teje estos cuerpos al estilo Frankenstein.

Louise conoce la ambivalencia del dios Jano, que rige la vida, sabe que la fuerza está en la capa- cidad de vulneración. Sabe que todos hemos sido marcados por el trauma y que conforme recorre- mos la pendiente de la vida vamos perdiendo algunas partes, algunos miembros, algunas ilusio- nes. Ella lo sabe. Y también sabe que eventualmente tendremos prótesis y suplementos para sobrevivir a nuestra propia invalidez. 

 

 

 

Texto: Anarela Vargas ± Foto: Cortesía The Institute of Contemporary Art / Boston, TATE Modern

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