En la Tate Modern de Londres se presenta actualmente la exposición Juan Muñoz A Retrospective. Reúne cerca de 90 trabajos entre escultura, instalación, dibujo y piezas en sonido realizadas en colaboración. Esta muestra itinerante será expuesta también en el Guggenheim de Bilbao (jun.-sept. 2008), Museo Serralves, Oporto (oct.-ene. 2009) y Fundación La Caixa, Madrid (feb.-jun. 2009).

El trabajo de Juan Muñoz (Madrid, 1953-2001) se inserta en la generación de artistas que en los años de la década de 1990 vuelven su atención a la escultura figurativa con especial énfasis en la figura humana como vehículo para poner en tensión conceptos como lo público y lo privado, interrogantes existenciales, sexuales y de género. Entre esos artistas están Stephan Balkenhol, Robert Gober y Kiki Smith, entre otros. La obra escultórica de Muñoz comparte la inquietante extrañeza que suscitan los personajes de Georges Segal y Ron Mueck.

Muñoz juega con el equívoco. Parte de la figura humana, en algunas ocasiones dispuesta en ambientaciones arquitectónicas, para generar en el espectador la incomodidad y el desconcierto, pero sobre todo el asombro. Su obra nos sumerge en un mundo teatral de dobles, de espejos y de sombras.

 

 

Empecemos por desanudar la cuestión de la presencia del cuerpo, como referencia a la alteridad. Tomemos como ejemplo la pieza Many Times (1999), que consiste en 100 personajes-esculturas de 160 centímetros de alto, con rasgos asiáticos, idénticas vestimentas y muy semejantes entre ellos. La única variación es la gesticulación de cada personaje. Por lo demás, se trata de la ominosa pululación de lo mismo. La multitud se agrupa en pequeños círculos que parecen interactuar entre sí, a veces ríen a veces se ignoran, es imposible saber lo que ocurre entre ellos.

 

 

 

Se ha acusado a Muñoz de ser un narrador de historias. Y sí. Parece haber una narrativa en cada obra, pero lo cierto es que el espectador es quien se convierte en el narrador de su propia ficción. El artista da las pistas, pone en escena, levanta el telón, lo demás corre por nuestra cuenta.

Mi ficción es la siguiente: de esta sala surge la inadecuación misma de lo equívoco. Las figuras monocromas en gris parecen espejearse confortablemente unas a otras en un silencio sórdido, mientras que la presencia del espectador se convierte en un punto de tensión intolerable.

 Nos es imposible objetivar esta multitud en la que advertimos tanta semejanza con nosotros mismos. Se trata de personajes de estatura regular, vestimenta que obedece a un código cultural y una aparente comunicación no verbal. Podría tratarse de cualquier comunidad de sujetos, incluso pareciera que podríamos descifrar sus gestos, y de ser así compartimos el mismo sustrato cultural. Sin embargo, entre ellos y nosotros hay un abismo. No nos podemos reconocer en ellos ni podemos reconocernos a nosotros mismos entre ellos. Este abarrotamiento de formas antropomórficas nos arroja del otro lado de la otredad. Nos convierte en “los otros”. Nos convierte en outsiders.

Y esa inadecuación a nosotros mismos es el equívoco que genera la obra de Muñoz. Como lo expresó el artista: “El espectador se convierte en el objeto a ser mirado y probablemente el observador se ha convertido en lo que es observado”.

Otra forma de equívoco la logra con la obra Conversation Piece (1996), un grupo de figuras asentadas sobre costales que hacen las veces de extremidades inferiores. Dos de las figuras están conversando, como lo anuncia el título de la obra, mientras que las otras parecen poner atención y balancearse desde su inmovilidad hacia los conversadores. Pero nuevamente el desacierto, la confusión, la ambigüedad, lo falsario. Nuevamente el silencio ocupando el lugar de la conversación. El mutismo inalterable de las figuras nos hace saber que no hay mensaje.

 

 

Hay un imposible triunfante en la obra de Muñoz: el discurso. La imposibilidad del discurso informa la imposibilidad de la comunicación. En su obra la alteridad cede paso al aislamiento existencial. Nadie sabe nada de nadie. Y eso es un golpe bajo a la otredad porque coloca lo imposible y el absurdo como puntos de encuentro de las comunidades.

De ello da cuenta claramente la pieza The Prompter (1988). En ella hay un escenario teatral y un enano ocupando el lugar del apuntador, pero el único acto que aparece en esta bizarra escena es lo absurdo de recordar y memorizar el guión de una escena que no representa nada. Para enfatizar el carácter infecundo de la tríada emisor-mensaje-receptor coloca un tambor en el escenario. Su más grande equívoco: un instrumento musical mudo.

Juan Muñoz juega con la realidad como el mago que mete la mano a la bolsa para sacar una paloma, pero en vez de eso nos encara una mano vacía. El juego del doble, del otro, de la sombra, del espejo nos inquieta y nos asombra porque sus obras se convierten en superficies opacas que no reflejan. Balbucea Juan Muñoz, el mago: la alteridad es sólo una ilusión.

 

 

 

 

 

Texto: Anarela Vargas ± Foto: Cortesía TateModern.

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