En la historia de las artes no son pocos los casos de hombres y mujeres que nacen fuera de tiempo, en la música, por ejemplo, es larga la relación de los autores que no fueron comprendidos por sus contemporáneos, y cuya personalidad –poco atrayente para ellos– los hizo víctimas de un total rechazo. Tal fue la historia de Gustav Mahler, director notable especialmente en el terreno de la ópera, y compositor con un talento indiscutible. Se ha dicho que la música de Mahler es una nuez difícil de masticar, sus Sinfonías son verdaderamente largas y no es fácil penetrar en las profundidades psicológicas de su legado vocal. Rota la barrera, sin embargo, se abren horizontes de expresividad y una elevación espiritual que lo sitúan entre los grandes músicos de todos los tiempos. Mahler nació en Kalischt, Bohemia, el 7 de julio de 1860 y murió en Viena el 18 de mayo de 1911. En su vida conoció y experimentó todas las emociones de las cuales son capaces los hombres, aunque jamás fue feliz o supo lo que era la satisfacción cabal. Sus ambiciones resultaban monumentales, trabajaba en forma incansable en sus enormes Sinfonías y siempre pulía aun aquello en lo que ya había logrado la perfección.

 

 

Su padre, un comerciante judío, debió administrar un corto ingreso para poder darle una educación completa. A los cuatro años, mostró su talento musical al tocar el acordeón de oído, con lo que dejó encantados a los adultos, repitiendo las marchas militares que había escuchado en el campo militar de Iglau. Cuando ingresó al Conservatorio de Viena en 1875, era ya un pianista consumado, pero también un sujeto extraño que padecía sonambulismo y alcanzaba sus estados de trance en las primeras horas de la mañana.

Admiraba sin reservas a su maestro, Antón Bruckner, y a Richard Wagner, lo que lo llevó a participar en un concurso que ofrecía un atractivo premio económico. El resultado fue Das Klagende Lied (La Canción del Lamento), una cantata con temas lúgubres tomados de cuentos de los hermanos Grimm. La obra fue un fracaso rotundo.

Esto hizo que Mahler se dedicaría a la dirección orquestal como profesión que le permitiera vivir. Es cierto que el artista deseaba ser compositor, pero el destino –o las circunstancias– lo llevó a convertirse en el director orquestal de ópera más famoso de Europa.

En realidad, subió a la cima más alta de su época: fue director de la Opera Imperial de Viena. Su reinado se extendió de 1897 a 1907, para muchos, la etapa más brillante en Viena en la historia de su ópera. Mahler tenía el talento suficiente para ofrecer algo nuevo a la vista y al oído, además de una energía inagotable que empleaba en lograr sus propósitos. Los descendientes de personas que vivieron esos tiempos recuerdan los comentarios: no se acostumbraba anunciar al director en el programa, solo cuando el telón se levantaba se conocía al responsable de la función. En medio de un ambiente excitado y tenso, los jóvenes estiraban la cabeza para saber quién era el director en turno. Cuando Mahler aparecía, lo hacía perfectamente rasurado, dirigiéndose al podio como un dardo va hacia el blanco, de inmediato proyectaba en el público un dominio difícil de describir. Los otros directores eran los barbudos Hans Richter, Bruno Walter y Franz Schalk. Fue Mahler quien colocó el pódium sobre una elevación destacando así al director, permitiéndole un control mayor sobre la orquesta. Y cuando Mahler dirigía, la chispa demoniaca que de él emanaba parecía apoderarse del auditorio. Pese a esto, después de 10 años difíciles, tras una campaña de murmuraciones y calumnias sin precedente en el mundo musical vienés, fue eliminado de su puesto. Como compositor continuó siendo una figura indiscutida hasta su prematura muerte.

En cualquier forma, su categoría como director de orquesta fue siempre admirada en forma universal. Los gestos furiosos de sus primeros años, en la madurez, se convirtieron en indicaciones calmadas. Si admiraba a un cantante, la fascinación con que lo envolvía servía de acicate, de pregunta, de inspiración. Si estaba de mal humor, su batuta se lanzaba al aire como cuchillo. Si el público poco conocedor se atrevía a aplaudir una aria, antes que terminara el epílogo orquestal, el director mostraba su furia. Los tiempos musicales de Mahler se prestaron a la controversia. El brío que insuflaba a la Obertura de Don Giovanni era positivamente orgiástico, mientras que la Obertura de Los Maestros Cantores lleva a lo interminable. En general mantenía el volumen del sonido más bajo de lo que era costumbre en la época. Su nombramiento en la Opera Imperial coincidió con la noticia de la muerte de Brahms, compositor que siempre se expresó con admiración de su talento. En ocasión de su ingreso a la institución se convirtió al catolicismo, después reafirmo tal conversión con su Segunda Sinfonía, denominada Resurrección. La mayoría de los biógrafos piensa que el hecho asumió rasgos de sinceridad, la verdad es que también hay quien cree que aquello no fue más que un acto de conveniencia.

El debut de Mahler en la ópera se señaló con una función triunfal de Lohengrin, en mayo de 1887. Desde ese momento se sintió la fuerza de su personalidad. Una de sus innovaciones consistió en extinguir la luz de la sala antes de levantar el telón, algo que hoy día resulta un elemento normal e importante de la función. Obligó a los cantantes a firmar una declaración por la cual se comprometían a no usar una “claque” privada. En aquellos tiempos, la “claque” o grupo que se contrataba para aplaudir, recibía boletos gratuitos para instalarse en la galería. Mahler tuvo pantalones suficientes para terminar con esta práctica, aunque en nuestros días la “claque” es parte de la organización de todos los teatros líricos de importancia. El compositor también puso un veto a las personas que solían llegar tarde a las funciones y prohibió su admisión a la sala de espectáculos durante la función. Cuando el emperador fue informado de los edictos de Mahler, esbozó una sonrisa y comentó: “¿Acaso el teatro no es un lugar en donde la gente debe divertirse?”.

 

 

 

 

 

Mahler exigió a los cantantes puntualidad, logró una afinación nunca antes soñada de la orquesta y elevó el nivel de las funciones a un profesionalismo extraordinario. En casi todas las representaciones fungía también como productor y empleaba para ella la misma dosis de energía que dedicaba a la orquesta y a los cantantes. Presentó las óperas de Wagner en su integridad. Ofreció funciones inolvidables con la frescura y la musicalidad que habían perdido con su repetición a través de los años. Modernizó la producción de El Cazador Furtivo, con toques francamente innovadores en algunas escenas. Mahler mostraba cierta predilección por la música eslava y logró un nuevo público para Tchaikovsky con Evgeny Onegin, Iolanta, y La Reina de Espadas. También escenificó El Demonio de Rubinstein y Dalibor de Smetana. No ignoró a los compositores contemporáneos. En 1898 incluyo La Bohéme de Leoncavallo en el repertorio después de una riña terrible con el autor durante un ensayo, pero no dirigió la ópera del mismo nombre de Puccini antes de 1903.

Fueron famosos los encuentros de Mahler y Hans Richter, uno de los máximos exponentes de Wagner. Cuando el compositor logró el poder que deseaba, en 1900 anunció públicamente que en lo futuro solo el dirigiría las funciones dedicadas a Wagner. Hans Richter renunció.

A Mahler no le gustaban las voces bellas, prefería las que lograban un sonido duro, metálico y poderoso, o sea voces que pudieran cubrir una gama completa de emociones, sumamente expresivas. Florecieron así muchas carreras: cuando el artista podía combinar la belleza vocal y el sentido artístico, Mahler cooperaba sin reservas. Un caso notable fue el de Selma Kurz, que bajo la batuta de Mahler estrenó en Viena La Boheme y Madama Butterfly de Puccini. Pero el más popular de todos sus cantantes fue Leo Slezak, un tenor gigantesco de Brünn, cerrajero de oficio, con una extensión vocal que iba desde el más delicado pianissimo hasta la más fuerte intensidad dramática, y con un repertorio que abarcaba de Mozart a Meyerbeer y Wagner.

Slezak se convirtió en uno de los cantantes más famosos de la época, y también en uno de los más molestos. Su peculiar sentido del humor los llevaba a hacer bromas a los demás cantantes, provocando que se equivocaran con frecuencia o que se sintieran inseguros cuando actuaban con él. El mejor colaborador de Mahler fue un joven director, Bruno Walter, con quien trabó amistad en Hamburgo. Walter cultivo el repertorio francés e italiano y llegó a ser, al paso de los años, uno de los mejores directores del mundo.

Después de cinco años, en los que se dedicó a perfeccionar la parte vocal y dramática de sus producciones, decidió consagrarse a la preparación de obras totalmente nuevas en el repertorio alemán. El escenógrafo Alfred Roller se convirtió en uno de sus mejores colaboradores; con su ayuda obtuvo un gran éxito en Tristán und Isolde de Wagner, produjo luego Fidelio de Beethoven, Don Giovanni y Las Bodas de Fígaro de Mozart, El Oro del Rhín de Wagner e Ifigenia en Aulis de Gluck. Pero también conoció el fracaso en la producción de Tosca, Tiefland y Pelleas et Melisande. Aquella simplemente, no era su música. Tuvo en Viena muchos admiradores, aunque igualmente abundaban los enemigos del compositor. Era un hombre poco sociable para ser realmente popular. La ciudad imperial jamás ha reaccionado favorablemente ante los hombres duros, así sean genios de la altura de Mahler. Este era invariablemente amado o detestado. Sabía ser tiránico, aunque al momento podía ceder y ser muy tolerante. En un instante pasaba de una actitud grosera a una disposición de ánimo encantadora. Solo parecía vienés en su amor por las cafeterías. Cuando, su opinión difería de la de los demás, cancelaba una función con la mano en la cintura, así fuera en vísperas del estreno. En 1903, dos días antes de poner en escena Louise de Gustave Charpentier, éste pidió una escenografía surrealista; pese a lo que pudiera pensarse, Mahler aceptó sin dificultades, en cambio, retrasó el estreno de la obra. Hugo Wolf, a quien Mahler había obsequiado entradas de cortesía para toda su vida, murió en un asilo poco antes del éxito de su ópera.

 

 

 

 

 

 

El Corregidor. Se informó a Wolf que su obra había sido aceptada, mas cuando supo que la primera función se había pospuesto por decisión de Mahler, tuvo un ataque de locura. Una preocupación que le quitaba el sueño era asegurar una fortuna tanto para él como para su familia, para sus últimos días. Se casó con Alma Maria Schlindler en 1902 y tuvieron dos hijas. Alma era una de las mujeres más atractivas del medio intelectual europeo y tuvo relaciones íntimas antes y después de Mahler. Podemos citar a Walter Gropius, Alexander Zemlinsky, Gustave Klimt, el pintor Oskar Kokoschka y Franz Werfel, por citar solamente a algunos. Alma fue una esclava de este tirano que aunque era infiel, recibía de su marido un trato indigno. Pero, esa es otra historia que reservamos para el futuro.

Cuando Mahler era niño, alguien le preguntó: ¿Qué quieres ser de grande?, y él respondió: Un mártir, jamás pensó que esta frase se convertiría en realidad. Lo cual sucedió cuando los ataques y las envidias lograron hacer mella en su personalidad. En el verano de 1907 se sintió incapacitado para soportar por más tiempo la revolución de los mediocres; presentó su renuncia que fue aceptada. Los intelectuales de Austria trataron de disuadirlo. Su última presentación fue con el Fidelio en octubre de 1907.Luego, tomó sus diplomas y todas sus distinciones y los colocó en un cajón de su escritorio, daba instrucciones de entregarlos a su sucesor. Zarpó hacia América, a Nueva York, para dirigir Wagner en el Metropolitan y actuar con la Filarmónica. Trabajó intensamente con la orquesta, pero fue tratado con desprecio por el público y la crítica norteamericana.

Desde 1907 había tenido algunos problemas cardiacos. Se cree incluso que sufrió una trombosis coronaria durante un ensayo de Lohengrin. En Nueva York su condición se agravó, así que hubo de regresar a Viena. En Mayo de 1911, en un día de lluvia y viento, el “hombre que fue corrido” –como el mismo se decía– fue enterrado en Hietzing ante una gran concurrencia. En una carta de despedida, dirigida a sus colaboradores de la Opera, Mahler escribió :”He soñado darles algo completo y redondo, sin embargo, les dejo algo imperfecto e inconcluso que mucho se parece a la humanidad”.

 

 

Gustav Mahler compuso canciones bellísimas, realizó ciclos vocales de profunda inspiración: El Kinderotenlier (Canciones por la muerte de los niños) y Las Canciones de un Viajero son favoritos de las mezzo-sopranos y los barítonos. Pero se le conoce mejor por sus 10 Sinfonías. La última inconclusa, aunque editada recientemente en forma brillante por el músico Deryck Cooke. El legado sinfónico de Mahler da fe de su tormento interior, de su inquietud espiritual...y de su sorprendente capacidad para emplear los instrumentos de la orquesta. Los coros forman parte de algunas de sus Sinfonías, y ese aspecto vocal es dificilísimo. Lo cierto es que Mahler fue un maestro en el uso de las secciones de metales y alientos. Pocas orquestas son capaces de hacerle justicia. Las Sinfonías son largas, algunas llegan a tener seis movimientos. Son hijas de su autor, solo reciben el amor y el entusiasmo de aquellos que están dispuestos a conocer profundamente su alma.

En nuestros tiempos, Mahler ha tenido varios exponentes destacados. Su música ha adquirido popularidad a través de ellos: Bruno Walter, Dmitri Mitropoulos, Bernard Haitink, Leonard Bernstein, Sir Georg Solti, Rafael Kubelik, Jascha Horenstein y Sir Simon Rattle, son algunos de los más famosos. Durante varias décadas, la música de Mahler ha formado parte de los repertorios de las grandes orquestas del mundo. Él lo había dicho: “¡Mi tiempo llegará!” y es verdad. Gustav Mahler: ¡Tu tiempo ha llegado!

 

DISCOGRAFÍA RECOMENDADA

 

Una discografía selectiva

- Canciones de Rückert. Janet Baker, New Philharmonia Orchestra, Sir John Barbirolli, Director (EMI).

- Kindertotenlieder (Canciones por la muerte de los niños) (Kathleen Ferrier, Filarmónica de Viena, Bruno walter, Director) (EMI).

- Das Klagende Lied (La Canción del Lamento) Helena Döse, Alfreda Hodgson, Robert Tear, Orquesta y Coros de la Sinfónica de la Ciudad de Birmingham, Sir Simon Rattle, Diector (EMI).

- Das Lied von der Erde (La Canción de la Tierra), Ferrier, Patzak, Orquesta Filarmónica de Viena, Bruno walter, Director (Decca).

 

- Sinfonías (Completas).

Solistas, Orquesta Filarmónica de Berlín, de Viena y Sinfónica de Chicago, Claudio Abbado, Director (DG).

Filarmónica de Nueva York, Grupos Corales, Leonard Bernstein, Director (Sony).

Solistas, Orquesta y Coros del Concertgebouw de Amsterdam, Bernard Haitink, Director (Philips).

 

- Sinfonía No. 10 (editada por Deyck Cooke).

Filarmónica de Berlín, Sir Simon Rattle, Director (EMI).

 

- Das Knaben Wunderhorn (El Corno Mágico del Niño). Baker, Geraint Evans, Filarmónica de Londres, Wyn Morris, Director (EMI).

Con el fin de experimentar los poderes mágicos de las Sinfonías de Mahler recomendamos que empiece por Nos. 1 y 3. Poco a poco descubrirá un testimonio musical original que estimula y enriquece el espíritu humano.

 

 

 

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Texto: Ricardo Rondón ± Foto: F. Axel Carranza

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