Durante años, IMAX fue sinónimo de tecnología de vanguardia y de las grandes superproducciones de Hollywood. Sin embargo, su historia comenzó mucho antes de que los blockbusters descubrieran el poder de las pantallas gigantes.
El formato nació en Canadá en 1967, cuando un grupo de cineastas desarrolló un sistema capaz de proyectar imágenes de una escala y definición extraordinarias.
Cuatro años después, North of Superior (1971), documental dedicado a los paisajes del Lago Superior –el lago de agua dulce más grande del mundo–, se convirtió en la primera película filmada íntegramente en IMAX. Durante décadas, el formato encontró su territorio natural en documentales de naturaleza, ciencia y exploración. La razón era tan evidente como contundente: producir en IMAX siempre ha sido extraordinariamente costoso.
Su sistema emplea película de 65 mm que avanza horizontalmente y utiliza 15 perforaciones por fotograma, frente a las cinco del formato convencional de 70 mm. El resultado es un negativo de dimensiones colosales, capaz de registrar un nivel de detalle excepcional, aunque a cambio de un consumo de película y una logística considerables.
Según una investigación de Spoiler.mx, una cámara IMAX puede alcanzar un valor de entre 500,000 y un millón de dólares, mientras que su alquiler semanal oscila entre 12,000 y 20,000 dólares. El costo de la película virgen y su procesamiento puede situarse entre 2.40 y 4 dólares por pie. En una producción de gran escala, el gasto puede ascender a millones.
Por eso, La Odisea, la esperada adaptación de Christopher Nolan del poema de Homero, marca un momento histórico: es el primer largometraje de ficción filmado completamente con cámaras IMAX de 70 mm. La apuesta exigió nuevas cámaras más silenciosas, una compleja logística internacional y cantidades extraordinarias de negativo. Con un presupuesto reportado cercano a los 250 millones de dólares, la producción utilizó más de dos millones de pies de película.
“Lo que siempre me fascinó de IMAX fue que representaba lo mejor que se había logrado con el celuloide”, explicó Nolan a AP. Para el director, la clave está precisamente en el tamaño del negativo: un enorme rollo de película que atraviesa el proyector a una velocidad vertiginosa.
En una industria dominada por lo digital, la mayoría de las superproducciones prefiere una fórmula híbrida: reservar IMAX para las secuencias que requieren mayor espectacularidad y completar el resto mediante cámaras digitales. La Odisea apuesta, en cambio, por llevar el formato hasta sus últimas consecuencias.
Más que una cuestión de nostalgia, la decisión de Nolan es una declaración estética. El gigantesco negativo IMAX ofrece profundidad, textura, claridad e inmersión difíciles de reproducir por completo en otros formatos.
En tiempos de pantallas cada vez más sofisticadas, La Odisea recuerda una paradoja fascinante: el futuro del cine puede mirar hacia adelante recuperando una de sus tecnologías más antiguas. Cuando la visión artística encuentra el presupuesto necesario, el celuloide todavía puede hacer que la pantalla parezca, literalmente, más grande que el mundo.