Viajar ya no es solo desplazarse. Es una declaración de intenciones. Así lo confirma un reciente informe de tendencias que retrata a un viajero más optimista, pero también más consciente, que para 2026 seguirá haciendo maletas, aunque con preguntas distintas a las de hace una década: ¿con quién viajo?, ¿qué me deja esta experiencia?, ¿cómo me conecta con el lugar –y conmigo mismo–?
A pesar del contexto económico global incierto, el ánimo viajero no se debilita. Al contrario: nueve de cada diez personas planean viajar igual o más en 2026, y casi la mitad está dispuesta a aumentar su presupuesto. El dato es revelador no solo por el volumen, sino por el enfoque. La tendencia apunta a menos acumulación de viajes y más profundidad en cada experiencia. El descanso, el bienestar y el valor emocional del viaje pesan más que el simple conteo de destinos, se lee en el Informe inaugural de Tendencias de Viajes de Minor Hotels, "Viajar más Profundo: En Busca de una Conexión Duradera",
Esa lógica explica por qué la asequibilidad sigue siendo relevante, pero comparte protagonismo con factores como la estacionalidad, la facilidad de traslado y, sobre todo, el tiempo disponible. También ayuda a entender el auge de decisiones de última hora: más de la mitad de los viajeros reserva dentro de los tres meses previos a la salida, buscando flexibilidad en un mundo cambiante. La planificación digital domina –los sitios web de hoteles encabezan las consultas–, aunque comienzan a asomarse herramientas emergentes como los asistentes de inteligencia artificial.
En 2026, viajar será, ante todo, un acto compartido. Parejas, familias y amigos concentran la mayoría de los planes, con un claro énfasis en la convivencia. El tiempo de calidad se impone como el gran lujo contemporáneo. Cenas prolongadas, actividades culturales y momentos de descanso encabezan las experiencias más valoradas, muchas de ellas vividas exclusivamente dentro del propio grupo, como una forma de proteger la intimidad frente al ritmo acelerado del día a día.
Paradójicamente, esta búsqueda de compañía convive con otra necesidad igual de fuerte: el espacio personal. Incluso en viajes grupales, una parte importante de los viajeros reserva momentos para sí mismos. Desconectarse de la tecnología, reducir el ruido digital y reconectar con la naturaleza aparecen como prácticas clave para el bienestar.
El crecimiento del turismo de bienestar no responde a una moda, sino a una necesidad emocional: spa, experiencias al aire libre y actividad física se integran cada vez más al itinerario.
La conexión con los destinos también se redefine. La gastronomía se consolida como la vía más directa para comprender una cultura, seguida por la arquitectura histórica y los entornos naturales. El viajero quiere probar, caminar, observar y, sobre todo, sentir que forma parte del lugar. No es casual que la inmersión local influya decisivamente en la elección del destino y que muchos prefieran explorarlo por cuenta propia, complementando con visitas guiadas que aporten contexto y profundidad.
Finalmente, los valores pesan. La sostenibilidad dejó de ser un atributo deseable para convertirse en un factor de decisión y lealtad. Las iniciativas ambientales, sociales y culturales fortalecen el vínculo emocional con los destinos y refuerzan la percepción de un viaje con propósito. El viajero de 2026 no solo quiere ser bien recibido: quiere saber que su presencia suma.
En síntesis, el viaje del futuro inmediato no se mide en kilómetros, sino en conexiones. Con otros, con los lugares y con uno mismo. Porque moverse por el mundo sigue siendo importante, pero entenderlo –y entenderse– lo es aún más.