El tiempo es la cosa más valiosa que una persona puede gastar.
(Theophrastus)

La historia está repleta de momentos que marcan épocas donde se transforma la forma de vivir y de pensar de gran parte de la humanidad. Hoy, sin lugar a duda, estamos atravesando uno de esos períodos que cambian el curso de la historia y que nos obligan a pensar en un futuro distinto.

Aunque muy probablemente en unos meses todo volverá a ser lo más normal posible, eso no significa que todos regresaremos a ser las mismas personas. Para los que se dan la oportunidad de aprovechar este tiempo en reflexionar sobre un futuro distinto y mejor; el cambio apenas está por comenzar.

Mucho y poco está pasando durante este tiempo de cuarentena. Mientras unos aumentan de peso, otros aprovechan para volverse esbeltos; para algunos se abre un espacio para la lectura, en tanto que otros gozan de un momento perfecto para disfrutar de esa serie o película que siempre habían querido ver.

Los que tienen que salir de casa; pueden disfrutar de las calles sin tráfico y redescubrir la ciudad, que ya no parece ni tan grande ni tan abrumadora. Hay quienes pueden trabajar desde casa aprovechando la tecnología actual para seguir con las actividades que antes hacían, pero sin la necesidad de salir.

 

 

 

Y así, casi todos emergemos de una rutina y entramos en otra mientras el tiempo sigue su paso en retrospectiva, tal y como pasa con las vacaciones o las bodas: ¡Si parece que fue apenas ayer cuando estábamos haciendo tantos planes! Pero el tiempo continúa su paso, impostergable. Habrá quienes logren todos sus objetivos y busquen otros nuevos; aunque, indudablemente, también estarán los que requieren más tiempo hacia sus metas.

Extrañando a los abuelos y metidos en la nueva rutina; entre video conferencias del trabajo para los padres y de la escuela para los hijos, renegociando la nueva distribución de los espacios y labores en casa ¡El tiempo ya pasó!

Y, a pesar de que pensemos que nos sobran horas, nos damos cuenta de que nos falta tiempo, dejando en evidencia su relatividad, pues ahora –que ya se escapó entre los dedos– es cuando debemos meditar dónde queremos y debemos invertir cada instante para poder mejorar su rendimiento.

 

Y aprendes que hay tres momentos en la vida que uno no puede remediar: la oportunidad que dejaste pasar la cita a la que no asististe la ofensa que ya pronunciaste.aaaa
(Jorge Luis Borges)

 

 

 

La importancia de poder medir el tiempo

De la necesidad de medir las horas  nació la invención del primer reloj que evidentemente dejó huella y modificó la historia de la humanidad. Bien es sabido que el concepto de medir el tiempo viene del antiguo Egipto y que fue concebido así: 1/12 parte de tiempo que transcurre desde la salida a la puesta del sol (marcando las 12 horas del día solar y las 12 horas nocturnas, que suman las 24 horas de un día).

Una vez establecida la unidad fue posible medirla a partir del paso del Sol, pues es lógico inferir que el primer instrumento de medición del tiempo fuese de esa manera. Posteriormente se inventó el reloj de agua y arena como primeras herramientas capaces de medir el tiempo sin depender de la luz solar.  

Años más tarde, con el uso de ruedas de engranaje, resortes, péndulos y espirales, se dio origen a los primeros relojes mecánicos –objetos de gran tamaño y fijos que evolucionaron a piezas cada vez más pequeñas y transportables, pasando así de los relojes de mesa, a los de bolsillo y, finalmente, a los de pulso. Evidentemente la historia no terminó ahí y poco a poco llegaron los relojes electrónicos y de cuarzo, dando paso al smartwatch que continúa transformando la forma en la que vivimos.

 

 

Florecimiento del arte de la medición del tiempo

Pero detengámonos en la historia de un mundo analógico y mecánico que no depende ni de la luz del sol ni de la electricidad.  En un momento donde el arte y la mecánica florecieron, donde había un romance entre el pasado y el presente cuyo futuro no era tan inimaginable.  Los relojes no eran un objeto del uso común,  eran objetos codiciados –no por sus marcas, sino por su función— reservados para la realeza y la milicia, para los navegantes y los científicos.  Cuando un ‘tic-tac’ nos marcaba el paso del tiempo y unas campanadas nos daban la hora.

Los relojes constituidos como verdaderas obras de alta ingeniería dotadas de autonomía con un corazón latiendo y marcando el paso del tiempo. Artículos de producción artesana, creados por las manos de los escasos relojeros que contaban con el conocimiento y la habilidad de crear estas piezas valiosas que dotaban a sus dueños no solo de la habilidad de poder medir el tiempo sino de poder gozar de prestigio y reconocimiento: un privilegio reservado para unos pocos.

Sin duda, una de las figuras más destacadas del siglo XVIII, fue el inventor y relojero inglés John Arnold, quien mediante sus avances tecnológicos logró crear cronómetros marinos en un mayor volumen, además de establecer el término Cronometro como una característica de precisión métrica del tiempo. 

 

 

 

 

Adicionalmente, John Arnold tuvo una estrecha relación con el renombrado relojero de origen suizo Abraham-Louis Breguet radicado en París y mundialmente reconocido por sus múltiples aportaciones a la relojería.  Breguet pasaría a la historia por su patente de 1801: el tourbillon: una de las más apreciadas complicaciones en la alta relojería que compensa la fuerzas gravitaciones, mismas que no son uniformes en un reloj portátil de bolsillo o de pulsera. 

La gran admiración y respeto de Breguet por su amigo y colega John Arnold, quien falleció en el año 1799, lo hicieron colocar su primer tourbillon en un reloj de bolsillo creado por John Arnold como forma de respeto y homenaje.

Para estos tiempos la precisión y la portabilidad de los relojes ya manifestaba beneficios tangibles y capacidades adicionales que trascendían más allá del ámbito social o material.  Un ejemplo de ello se aplicó en la milicia para planear los ataques sincronizados.  En la marina se comenzó a usar como herramienta para establecer la longitud geográfica de un barco con gran exactitud así como para determinar la hora exacta en alta mar: una herramienta imprescindible para calcular la posición geográfica de un barco.

Una vez más en la historia se pudo constatar que la habilidad de poder dominar el tiempo siempre ha sido algo que le ha dado poder al hombre y sobre cómo esta relación entre el hombre y el tiempo tiene una importancia fundamental en el desarrollo de la humanidad. 

El hombre siempre ha buscado la forma de controlar al tiempo, y sin entrar en detalles filosóficos o científicos, lo cierto es que la única forma en la que podemos controlarlo; es por lo que hacemos con él. Ya que el tiempo, si bien es un recurso, no se puede guardar ni acumular solo tiene valor en su momento cuando se hace un uso adecuado de él. En casa, sin poder salir, el tiempo no nos rinde igual; porque no estamos libres para aprovecharlo ni para vivir nuevas experiencias con él. Nos damos cuenta de que aún y cuando el tiempo se mide en horas, solo se cuenta en experiencias y vivencias. Las unidades del tiempo lo miden, pero no le dan valor.

Es donde llegamos al concepto de la “Flexión del Tiempo”, donde vemos que el tiempo a pesar de ser una constante lineal también puede ser muy relativo, ya que en ocasiones se puede doblar, estirar o compactar en apariencia. Es bien sabido que el tiempo puede transcurrir de formas distintas según el momento que estamos viviendo. En tiempos de alegría y diversión podemos sentir que se acelera y que los minutos pasan como si fueran segundos y quisiéramos poder detener el tiempo y poder seguir disfrutando ese tiempo indefinidamente. Y a la inversa, cuando estamos atravesando un momento complicado, en un sufrimiento o simplemente aburridos, los minutos se sienten pasar como horas y el pasar del tiempo parece transcurrir con una pesadez que nos abate y no nos deja avanzar.

 

 

 

 

Suiza, la capital de la alta relojería

El concepto de aprovechar el tiempo y de ser productivos con él es, curiosamente, uno de los principales motivos por los cuales hoy por hoy la cuna de la alta relojería tiene una casa principal en Suiza.  Un pequeño país metido en el centro de Europa entre montañas y lagos, reconocido por sus maravillosos quesos y exquisitos chocolates.  Debido al terreno montañoso; gran parte del territorio suizo no es apto para el cultivo, lo cual genera grandes áreas con pastizales que permiten el desarrollo de la ganadería.  Esta gran cantidad de granjas generan una producción de leche de gran calidad; materia prima y fundamental para la producción del queso y chocolate.

Sin embargo, los inviernos en Suiza son muy fríos y largos lo cual frena durante gran parte del año las actividades ganaderas, y es justo ahí donde metidos en casa soportando los duros inviernos, los suizos lograron aprovechar su tiempo y enfocar sus talentos “sin salir de casa” en el trabajo artesanal de la alta relojería. Adicional a esto, Suiza tiene una reputación de siempre permanecer neutral durante los conflictos bélicos, lo cual favoreció que en tiempos de guerra muchos relojeros buscaran escapar de la violencia y encontrar refugio en Suiza.

Un importante ejemplo de lo anterior lo encontramos con el relojero polaco nacido en la República Checa, François Czapek, quien llega a Suiza en el año 1832 donde conoce, a su ahora celebre compatriota Antoni Norbert Patek, en 1836. Tres años más tarde fundan la compañía Patek, Czapek & Cie, el primero de mayo de 1839, iniciando así un nuevo gran momento en esta historia. 

 

 

Texto: Jaime Cohen ± Foto: National Geographic History / Dt / Sundiak, Jet Jet / , Breguet, Horlorger, / Czapek, Arnold & Sons, GettyImages

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