Mientras más rico sea el mar en plancton mejores serán las posibilidades de tener buen buceo. Manzanillo no es la excepción, pues al sumergirnos en sus cálidas aguas encontramos gran diversidad de organismos, por ejemplo, los románticos caballitos de mar, los simpáticos peces globos y las muy cotizadas langostas. Además, en los fondos pedregosos habitan los curiosos pulpos y los tímidos gusanos poliquetos, que se retraen a una velocidad increíble a la menor señal de peligro. Y así podríamos seguir mencionando un sinfín de animales marinos que habitan en ese mundo misterioso.

Algunos de los sitios más conocidos para bucear en Manzanillo son: Los Frailes (pináculos formados en su mayoría de roca volcánica cubierta de esponjas de diferentes especies, formas y colores), La Roca Elefante (sitio famoso por sus largos túneles y su inmenso arco), Los Carrizales (son cañones formados de roca volcánica perfectamente alineados). Para los buzos con más experiencia Manzanillo tiene un lugar especial conocido como “El Panteón”, y por estar ubicado en mar abierto es un lugar donde se ven a las bailarinas del mar, las rayas águilas, las grandes mantas del Pacífico y, en temporada, a las enormes ballenas jorobadas. Pero Manzanillo encierra en sus fondos marinos otra gran aventura: el buceo en barcos hundidos o “pecios”. Éstos causan gran atracción a todos los amantes del submarinismo deportivo, y muy pocos nos resistimos al fuerte llamado de bajar y penetrar en uno de estos arrecifes artificiales.

 

 

Los barcos hundidos son de gran ayuda al medioambiente, pues si se encuentran en lugares alejados de los demás arrecifes, por ejemplo en grandes arenales, y a profundidades moderadas, que no superen los 30 metros, muy pronto se irán cubriendo de algas, corales y esponjas, además de que numerosa variedad de peces encontrarán allí refugio y comida.

El buceo en estos pecios es fascinante, aunque también puede ser peligroso si no se cuenta con la experiencia, el equipo y la compañía adecuada. El peligro proviene de que la oscuridad puede ser tal que no se vean las propias aletas; además, es como un laberinto en el cual es fácil perderse o bien presenta algunas partes de metal tan afilado que podrían ocasionar heridas.

 

 

Para iniciarse en la práctica de este buceo les recomiendo el barco San Luciano, que era un buque de carga, a vapor, que tiene 300 pies de eslora. Encalló muy cerca de la playa, gracias a un fuerte huracán que azotó las costas del Pacífico mexicano en el año 1959, y que se encuentra a una profundidad de 30 pies.

La Playa de Oro tiene unos 12 km de longitud, sus arenas presentan una tonalidad café claro y en ellas podemos encontrar una mezcla de conchas y caracoles. El nombre “Playa de Oro” se debe a que allí se hundió en 1862 un barco conocido por casi todos los buscadores de tesoros como el “Golden Gate”. Este barco salió de la ciudad de San Francisco, California, llevando en sus bodegas gran cantidad de barras y monedas de oro. Debido a un fuerte incendio en uno de sus compartimentos se tuvo que pegar a la costa y ahí fue que ocurrió el naufragio, quedando el barco sepultado en muy poca agua pero repleto de arena.

 

 

 

Los expertos nos platican que el total del cargamento era de 1,400,000 dólares en oro de esa época. Según los registros de la Wells Fargo, en 1865 se pudieron recuperar sólo 943,000 dólares, dejando en el lecho marino la cantidad de 457,000 dólares. Desde ese momento varios expedicionarios han tratado de recuperar ese tesoro, y sin embargo no han tenido éxito, pues el lugar donde se encuentra el barco es prácticamente inaccesible, ya que las altas olas provenientes del mar abierto rompen con inmensa fuerza sobre la playa.

Una de las expediciones modernas que más cerca ha estado de poder tocar parte del casco fue la de CEDAM, que encabezó mi muy querido amigo Román Rivera Torres, el cual pudo reunir a los mejores buzos de México de ese momento, aparte de dedicarle años enteros a los pesados trámites burocráticos para poder obtener las licencias que le permitieron planificar el rescate. Finalmente, y después de mucho esfuerzo, tuvieron que abandonar el proyecto, pues comprobaron, una vez más, que con la fuerza del mar nadie puede. A pesar de la cantidad de oro que se encuentra en los fondos marinos, el tesoro más grande con que cuenta Manzanillo es su entorno ecológico, y la paz y tranquilidad que ahí se respiran.

 

 

Texto: Alberto Friscione Carrascosa ± Foto: Alberto Friscione Carrascosa.

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