Hacia el sur, a poco más de media hora de La Paz, capital de Baja California, en la siempre espectacular carretera Transpeninsular –una larga cinta gris que une la Península– hay un verdadero vergel para el golfista deseoso de conocer nuevos campos.

En Acapulco, Tres Vidas y Acapulco Princess, cada uno con su estilo, son campos que merecen ser recorridos, pues los diseñadores crearon escenarios espectaculares, que han sido sede de torneos internacionales, por lo difícil de sus greens. Sin embargo, el jugador promedio puede recorrerlos con posibilidades de “robarles” un birdie.

Tres Vidas fue reabierto, en 1995, tras el rediseño de Robert von Hagge, quien se encargó de colocar sus tradicionales e innumerables jorobas y unos fairways que corren a lo largo del mar. Diez lagos e infinidad de trampas de arena ofrecen al golfista el reto de colocar siempre la pelota en el centro, sin titubeos.

En Puerto Vallarta, frente al océano Pacífico, existen tres campos a la espera de los golfistas que gustan de los retos: Vista Vallarta y Punta Mita. Como mayor atractivo, uno de los campos que presentamos –Punta Mita– incluye una isla privada, donde solamente existe el green. 

Diseñado por el prestigioso arquitecto Jim Lipe, el campo de 6936 yardas par 71 se localiza en las espectaculares playas de Nuevo Vallarta, entre las montañas de la Sierra Madre Occidental y la Bahía de Banderas, a sólo 15 minutos del Aeropuerto Internacional de Puerto Vallarta.

Ju­gar golf en Can­cún es una ex­pe­rien­cia re­no­va­do­ra. Po­cas ve­ces se pue­de dis­fru­tar del tee de sa­li­da ro­dea­do de exu­be­ran­te ve­ge­ta­ción, con aves exó­ti­cas y el su­su­rro de un mar tur­que­sa. La ti­bie­za del sol por la ma­ña­na o el re­fres­can­te ai­re de las tar­des so­bre el fair­way se­rá el me­jor re­me­dio pa­ra de­jar atrás la ten­sión dia­ria.

El Club de Golf Ma­yan Pa­la­ce es uno de los clu­bes más nue­vos en la zo­na. Inau­gu­ra­do ape­nas el año pa­sa­do, tie­ne to­dos los ele­men­tos pa­ra lo­grar un jue­go rá­pi­do y de­sa­fian­te pa­ra pro­fe­sio­na­les y ama­teurs.